De sumisos y masoquistas

mdeTodos los que realizamos alguna práctica dentro del BDSM, sabemos que es todo, menos homogéneo. Aunque sería fácil encasillarnos dentro de dos únicos roles, sumisos y dominantes, la realidad es mucho más compleja. A poco que nos metamos en este mundo, conoceremos a muchas personas, con diversos tipos de roles. Tendemos a etiquetar, a clasificar, a encasillar. Seguramente porque así nos es más fácil entender las cosas. Y es que en realidad, a veces olvidamos que el BDSM lo componen personas reales, de carne y hueso.

Pero, y aunque contradiga lo que acabo de decir, en mi caso, creo que me ajusto bastante a la etiqueta. Mis gustos, mi comportamiento, mi rol, se ajusta bastante, a lo que normalmente se definiría como sumiso. No tengo ningún problema con eso.  Disfruto de mi rol. Quizá porque he tenido la suerte de contar en mi vida con quién me ha hecho disfrutar y estar orgulloso de serlo. He evolucionado. Claro que lo he hecho. He incorporado prácticas que no conocía e incluso he disfrutado de otras que en principio detestaba. Pero jamás he dejado de ser sumiso y sé que nunca dejaré de serlo.

Pero claro está, no hay dos sumisos iguales. Yo mismo, si tuviese aquí que mencionar la larga lista de fetiches y gustos que “adornan” mi rol de sumiso necesitaría un mes entero para enumerarlos.  Lo que me lleva a preguntarme, qué es lo que soy, ¿Un masoquista sumiso? ¿Un sumiso masoquista? ¿soy  masoquista?

Si nos atenemos a la definición del DRAE, el masoquismo  es la “perversión sexual de quién goza con verse humillado o maltratado por otra persona”.  Según esta definición, por tanto, soy masoquista. Y es desde luego, una práctica sexual (lo de perversión ya no lo tengo tan claro, y menos después de ver robar cremas de 20 euros a alguien que calza zapatos de Prada). Es obvio que mi cuerpo da una respuesta bastante evidente (bueno, quizá me he pasado con lo de bastante) cuando soy sometido y/o humillado.

En cuanto a la sumisión,  la Real Academia de la Lengua la define como  “acatamiento, subordinación manifiesta con palabras o acciones“. Y ahí creo que está la clave de la cuestión. La sumisión trata de eso, de ceder el control hasta perderlo totalmente, de transferir  el poder sobre ti mismo a la otra persona. Lo que los anglos llaman Power Exchange.  No es, como se puede creer, que el masoquista soporte más dolor o que se excite sexualmente más que el sumiso.  Son dos formas distintas de vivir la misma experiencia.

Para mí, como sumiso, el dolor es  el catalizador que induce en mí ese estado de enajenación, de excitación sexual,  de felicidad absoluta  que experimento  cuando soy sometido. No es el fin, sino el principio de un estado de ánimo del que no quiero salir. Esa sensación que no acaba con el último latigazo y en el que me gustaría quedarme para siempre. Cuando sé que me dejaría hacer cualquier cosa y obedecería cualquier orden de mi Ama. Cuando sé que ni mi yo, ni mi voluntad, ni mi cuerpo me pertenecen.  Y entonces soy feliz, inmensamente feliz.

¿Necesita un sumiso el dolor, o incluso la humillación para llegar a ese estado?  Rotundamente no.  Se puede llegar (con ello, pero también se puede llegar) a ese estado de otras formas, pero eso sería motivo de otra entrada en este blog.

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La sumisión: don o maldición

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Los pocos, los orgullosos, los marines. Precioso lema. Que yo he decidido robar para los hombres sumisos, los eternos incomprendidos. Yo soy uno de ellos.

Y soy uno de ellos porque he pasado por todas las etapas por las que, indefectiblemente, pasa todo hombre sumiso. En una sociedad machista, dominada por los sempiternos valores asociados al macho alfa (y alfalfa), no es fácil asumir que piensas que tu lugar es a los pies de una mujer.

Pero,  un día das el paso. Conoces a personas dentro de la comunidad BDSM. Y por fin encuentras a gente como tú. Y descubres un nuevo mundo, en el que puedes compartir lo que siempre has llevado dentro. Ante ti se abre un universo de personas y roles. Amas, Amos, dominantes, bratz, daddies, littles, primals, los que están evolving, sumisas (muchas sumisas) pero………, donde están los sumisos???????  ¡Anda!, pero si resulta que tampoco los hay aquí. Y entonces te das cuenta que los mismos estereotipos que imperan en el mundo vainilla funcionan también aquí. Ser hombre sumiso es algo así como un oximorón. Algo así como político honrado. No se puede ser las dos cosas a la vez. Si eres sumiso no eres hombre. O al menos, no un hombre de verdad. No importa quién seas, ni lo que seas. Eres un sumiso. Lo inferior a lo ínfimo. Lo peor de lo peor.

Y ves, y miras, y observas. Y ves a muchos hombres como tú. Actuando como tú. Pero les preguntas, y te dicen que son cualquier cosa. De todo. Switches, undecided, evolving, curious (todo suena tan sofisticado in English). Lo que sea. Pero la palabra mágica, sumiso, como que no. Yo soy un hombre, que diablos, por quién me has tomado?????

Y entonces un día, una mujer acepta tu sumisión. Y se convierte en tu Ama. Y descubres lo bello que es entregarte. Lo hermoso que es que acepten tu sumisión. Y descubres sensaciones fuera del alcance de cualquier relación vainilla. Y te das cuenta de que todo encaja. Que, después de todo, todo tenía sentido.

Y te sientes importante. Y te sientes valorado. Y te sientes seguro de ti mismo. Tu sumisión, tu entrega, no te convierten en un ser inferior. No eres menos hombre por eso. Todo lo contrario. Te sientes orgulloso, porque eres consciente de que someterte a tu Ama, convertirla en el objeto de tu adoración, de tu veneración, no solo la ensalza a Ella sino a ti mismo también.

Y te sumerges en la sumisión. Cada vez más profundamente. Conviertes a tu Ama en tu Diosa. Pero ese delicado equilibrio entre la divinidad y la humanidad (como diría una amiga a la que admiro) es frágil. El sumiso necesita ser sometido. Necesita que su sumisión sea aceptada. Necesita que se le recuerde que su entrega tiene sentido. Necesita adorar, idolatrar, deificar a su Ama. Es una enorme responsabilidad. Las recompensas pueden ser inmensas. Pero el coste también.

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El aftercare

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Hoy me atrevo a hablar sobre el aftercare, que es definido por el Diccionario Urbano como el “cuidado psicológico o físico que recibe el dominante y/o el sumiso después de participar en situaciones kink, BDSM o fetish”. Me ha encantado esa definición, porque normalmente identificamos el aftercare como los cuidados, el consuelo que recibe un sumiso después de una sesión, pero casi nunca como las atenciones que debe recibir el dominante.
Está claro que no hay dos formas iguales de vivir, de sentir el BDSM. Para unos, la sesión es un castigo que se acepta con resignación, para corregir supuestos comportamientos o conductas indeseables. Debo reconocer que es quizá la fantasía más recurrente en el imaginario de muchos sumisos. Es la Ama despiadada, incapaz de empatizar, insensible y justiciera. El tipo de Ama que algunos han dado en llamar la Ama caravinagre. En este caso, el aftercare es inexistente. La mejor y única recompensa para una criatura tan ínfima y detestable como es un sumiso es la ausencia de castigo.
Otros viven la sesión como un sufrimiento que el sumiso soporta para complacer a su Ama. Para éstos, el aftercare es la recompensa que el sumiso merece tras la sesión. El momento más hermoso, el más emocionante, por el que ha merecido la pena aguantar tanto dolor, tanto sufrimiento. El instante en que, lleno de orgullo por haber complacido a su Ama, recibe su recompensa y disfruta de cada caricia, de cada mimo, de cada palabra de consuelo. Muchos sumisos se “rompen” entonces, en la que, sin duda alguna, es una hermosísima situación.
Mi visión es un tanto distinta. En mi opinión, el sumiso tiene la necesidad de ser dominado, de sentir el poder de su Ama sobre él. La sesión no es, por tanto, un castigo que se soporta, ni un sufrimiento que se padece, ni mucho menos un mérito del sumiso ante su Ama. Es la expresión de una relación D/S. El momento, el lugar, la ocasión en la que ambos aceptan y desarrollan el papel que les corresponde a cada uno. El momento, el lugar y la ocasión en la que el sumiso se entrega su Ama y ella acepta esa entrega. El momento, el lugar y la ocasión en que la Ama ejerce su dominio, su poder y el sumiso lo recibe como el mayor de los regalos. El momento en que una relación D/S obtiene carta de naturaleza y se manifiesta en su total expresividad, como un vendaval de sensaciones, de sentimientos, de pensamientos…..
En ese cóctel tan explosivo de sensaciones tan variadas, tan opuestas y tan complementarias que se perciben en una sesión D/S, la que sin duda predomina para mi es la ternura. Sí, ternura. En los azotes, los latigazos, los golpes, porque al recibiros sacio mi hambre de sentir la dominación de mi Ama, por recordarme qué, quién y de quién soy. Ternura, por supuesto, en las caricias y mimos que recibo mientras soy sometido. Mimos y cuidados que recibo durante la sesión, que no solo aseguran a mi Ama que todo va bien, sino que me hacen desear con más fuerza recibir los azotes, sumergiéndome así cada vez más profundamente en una espiral de la que no quiero salir. Ese care, esos cuidados durante la sesión son mucho más intensos que cualquier consuelo, cualquier aftercare, que pudieras recibir al finalizarla.
Pero como decía al principio, el aftercare no es solo el que recibe el sumiso. Es también el cuidado, los mimos que la Ama necesita al terminar. El momento en que cesan los azotes no es precisamente el final de la sesión, sino la señal de que ha llegado el momento de cuidarla a Ella, de relajarla, de agradecerle todas las sensaciones que me ha regalado. Así, mientras aún siento cada marca y cada azote en mi cuerpo lacerado, intento concentrarme en Ella. Ser sumiso no es pensar que eres menos, pero sí pensar menos en ti. Es el único aftercare posible. La única manera de cerrar el círculo que se abrió con el primer chasquido del látigo.

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El Bullwhip

El bullwhip, el temido y deseado látigo largo. Sentir su silbido, su chasquido, su impacto sobre tu cuerpo, adivinar las marcas que va dibujando sobre tu piel y que sabes que te adornarán y llevarás con orgullo porque te recordarán a quién perteneces. Sentir el dolor, pero también, el placer de la caricia y la dulce y suave voz que te reconforta. Sentir que tu entrega es aceptada. Que tu Ama te someta así es el mayor regalo que se puede recibir.

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Adorarás, rezarás y venerarás a tu Ama sobre todas las cosas.

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En cualquier grupo BDSM de Facebook, basta que una mujer se identifique como dominante para que inmediatamente una legión de “sumisos” se ofrezcan a arrastrarse a sus pies, adorarla y “servirla”. Claro que a continuación el sumiso de turno expondrá su lista de deseos de lo gustaría que la dominante le hiciera. Da igual que el sumiso viva en Mijas Costa y la dominante en Valparaíso.  Claro que tampoco son escasas las dominantes que exigen de los sumisos un trato similar, retraoalimentando así un patrón cansino, estereotipado y vacío. Y utilizo la palabra dominante porque creo que una mujer es Ama tan solo de su sumiso (o sus sumisos).

El BDSM, el Femdom, trata sobre todo y ante todo de relaciones entre personas. No de roles. Somos la misma persona cuando estamos en una situación BDSM que cuando no lo estamos. ¿Por qué entonces ese cambio de actitud, ese postureo?

No soy ginárquico. Con todos mis respetos a los sumisos que tienen ese ideal, creo que es tan solo una fantasía propia de quienes no han experimentado una relación Femdom real, sobre todo en una época en que se intenta que las relaciones entre hombres y mujeres sean cada vez más igualitarias.

Sin embargo, si es cierto que el sumiso siente la necesidad de complacer a su Ama, de servirla, de obedecerla, de entregarse a Ella, de ponerse en sus manos y a sus pies.  Y es difícil – imposible, diría yo – entregarse a una mujer, confiar en Ella, cederle el poder de hacer contigo lo que quiera, sabiendo que usará ese poder no para herirte, sino para transportarte a lugares de tu mente y de tu alma dónde jamás habías estado, pero dónde siempre habías sentido que querías estar, sin idealizarla, sin venerarla y adorarla. Y no es un sentimiento que brote en un instante. Es algo que va creciendo poco a poco, a medida que tu Ama te moldea para que seas capaz de dar lo mejor de ti.

La adoración por tu Ama es eso que sientes cuando quieras hacerte pequeñito y acurrucarte a sus pies. Que te hace estremecer cuando oyes su voz, que hace que bajes la mirada cuando sus ojos se clavan los tuyos, que cuando permaneces arrodillado ante Ella, seas el hombre más feliz del mundo. Es ese respeto que te hace obedecer sin dudar, que te hace intentar anticiparte a sus deseos, que antepongas sus deseos a los tuyos, que te derritas de orgullo cuando te dice “Eres mío”….

Puede que sea cierto que los sumisos tendemos al empalagamiento, a la “sublimación” de nuestra Ama, pero en realidad, creo que es tan solo una muestra de nuestro pobre intento por devolver lo mucho que recibimos, y de expresar esa gratitud. Porque esa  idealización, veneración y adoración que sentimos, no se traduce en modo alguno en un distanciamiento, sino en todo lo contrario.  Más allá del protocolo (desde mi punto de vista absurdo cuando no existe una relación de Ama-sumiso), es ese natural  y lógico sentimiento de veneración lo que permite situar a cada uno en un plano diferente, a completar esa “cesión de poder”. A poner a cada uno en su sitio. Que no es más que lograr que el sumiso interiorice que su papel primordial, si no el único, es complacer a su Ama. Es entonces cuando el BDSM se convierte en algo tan especial, tan intenso a todos los niveles: sexual, emocional, afectivo, físico y por supuesto, espiritual.

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La castidad forzada

150576-798-406Puede que la castidad forzada sea una de las fantasías más recurrentes para los sumisos. Cualquier sumiso, y cualquier Ama que haya experimentado esta práctica, conoce cuales son los efectos de la castidad en un sumiso. Tras un período de castidad, el sumiso se vuelve más dócil, más complaciente, más dispuesto a aceptar el castigo y de someterse a sesiones más duras, pero sobre todo, y ahí está lo mejor de todo, el sumiso es más feliz.

Yo en realidad, más que de castidad forzada, prefiero hablar de ceder completamente el control de mi sexualidad a mi Ama. No se trata ya de estar largos periodos sin tener un orgasmo, sino también, de tenerlos solo cuando mi Ama quiera y como mi Ama quiera que los tenga. Se trata de ceder el poder, el control de tu persona a tu Ama. Y nada más personal, más íntimo, que cederle tu sexualidad completamente.

Hay una realidad incuestionable. La castidad aumenta el sentimiento de sumisión. Hay algunos sitios webs que tratan sobre esto, y afirman que, en realidad, se trata de producción de hormonas. La estimulación sexual estimula la producción de dopamina (la hormona del placer) y oxitocina (la hormona de la conexión y la unión). Por tanto, la castidad forzada produce una sobredosis de esas hormonas que hacen sentirnos más unidos a nuestra Ama y a experimentar un enorme placer con ello. El orgasmo, por el contrario, estimula la producción de prolactina (la hormona de la saciedad) que a su vez detiene la producción de las dos anteriores. Sus efectos duran de una a dos semanas.

Todos los que practicamos la castidad  sabemos que después de eyacular nos volvemos más díscolos, más desobedientes, e incluso rechazamos el castigo. En mi caso, me convierto, como dice mi Ama, al menos por un tiempo, en un “hombrecito”.

La cesión del control de la sexualidad a tu Ama produce el efecto contrario. Tu placer ya no importa. Está fuera de tu alcance el conseguirlo. No depende de ti, sino de la voluntad de Ama. Ella será quién administre tu placer. Tu sexualidad depende única y exclusivamente de Ella. El condicionamiento de tu conducta es total. Pronto aprenderás a identificar placer con tan solo una cosa: la voluntad de tu Ama. En una segunda etapa, aprendes a disociar placer y orgasmo, y ya solo disfrutarás con ese estado de feliz devoción que va aumentando en ti día a día. Sinceramente, como sumiso, creo que es uno de los lazos más potentes que se pueden establecer entre Ama y sumiso.

No es algo que se consiga rápidamente. Lleva su tiempo. Pero si tu Ama tiene la paciencia de querer entrenarte y modelarte tendrás la mejor de las recompensas. Ya no serás un sumiso. Sino Su sumiso. Puede que dejes de disfrutar de tus orgasmos físicos. Reconozco que cada vez me interesan menos. Pero disfrutarás  de saber que has complacido a tu Ama. Y ese orgasmo emocional, que a veces hará que  te derrumbes llorando y te proporcionará no mariposas en el estómago, sino un zoológico entero, es muchísimo más potente que cualquier cosa que hayas sentido antes. Lo puedo asegurar.

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¿Por qué un blog?

Con el permiso de mi Ama, me atrevo a publicar este blog, en el que pretendo compartir mis experiencias y vivencias. Que nadie espere encontrar consejos ni lecciones. Los lazos (no pretendía hacer un juego de palabras) que se crean entre una Ama y su sumiso son únicos e irrepetibles. Lo que vale para unos no tiene por qué funcionar para otros. Así, que tomaros este blog como lo que es…, la expresión de los pensamientos de un sumiso. Sólo eso.

 

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